1. Agamben, en el recientemente publicado ensayo Lo Spirito e la Lettera. Sull’interpretazione delle Scritture, desarrolla orgánicamente, por primera vez, una problemática que atraviesa su pensamiento hace largo tiempo. Allí su lectura de San Pablo –en la cual también se encuentra la clave para su comentario a Walter Benjamin, especialmente su interpretación de la imagen dialéctica– adquiere un nuevo espesor a partir de la escucha atenta al sintagma de San Pablo: «La letra asesina, el espíritu vivifica» (Το γαρ γράμμα αποκτενει, το δε πνεύμα ζωοποιεί. Cor. II, 3, 6), la cual había sido tematizada políticamente en tanto diagnóstico de la totalización del poder temporal sobre el espiritual a través del Estado de excepción y la emergencia de la religión capitalista así como, a su vez, ontológicamente, en tanto absolutización de la gramma tal como la expuso Derrida. Orígenes, San Agustín, Santo Tomás, Dante, Ricardo de San Víctor, Spinoza, Benjamin, Auerbach, entre otros, son retomados para proponer una estrategia tan hermenéutica como vital en la que de lo que se trata es, antes que perseguir la literalidad de la mera letra desnuda, más bien aprender a discernir el camino anagógico de la letra y el signo a la presencia y proximidad del Reino. Es así que, siguiendo a Orígenes, subraya que el gramático «instruido en el Reino de los cielos», citando al Evangelio según San Mateo, al alcanzar la plena comprensión de las Sagradas Escrituras se encuentra ya en el Reino de los cielos. Esta comprensión se asemeja antes que a un correspondentismo entre el signo y el referente, más bien, al reconocimiento de la impropiedad de la letra, a través de la parábola, para dar cuenta de la cosa misma de manera acabada y satisfactoria. En los términos dantescos y pneumofantasmológicos de Stanze: «Ma dì s’i’ veggio qui colui che fore/ trasse le nove rime, cominciando/ «Donne ch’avete intelletto d’amore»/ E io a lui: «I’ mi son un che, quando/ Amor mi spira, noto, e a quel modo/ ch’e’ ditta dentro vo significando» (Purg., XXIV, 49-63).
2. Agamben recuerda que Ricardo de San Víctor ha propuesto una comprensión del tercer género en el que la imagen tiene un rol decisivo, sin que implique concupiscencia alguna:
Este conocimiento del tercer grado (speculatio tertii gradus) consiste por una parte en la razón, en tanto que, puesto que comprende sólo a las cosas invisibles, insiste a través de la intención y la investigación solamente sobre aquellas cosas que exceden a la imaginación y sólo sobre aquellas cosas que exceden a la imaginación y sólo estas comprendidas sobre todo a través de la razón; y aún así, se dice que ella ha sido formada según la imaginación (secundum imaginationem idcirco formari dicitur), puesto que, en este conocimiento, de las imágenes de las cosas visibles es extraída una figura (similitudo) (Patrologiae latina, col. 71 A-B).
Se trata de un conocimiento sub aeternitatis specie en el cual, partiendo del fantasma presente en la especie sensible imaginación para comprender las cosas invisibles, se da, antes que una mera especie sensible, la especie inteligible, esto es, la figura de la cosa tal como es en la mente divina. De allí la doble «ineffabilitade» que trata la desconexión entre la inteligencia y la lengua a partir del amor en el poema dantesco Amor che ne la mente mi ragiona (especialmente Conv. III, iii-iv); así como también, la imagen dialéctica benjaminiana, eterna e inmóvil al ser contemplada en Dios y extrapolada de su contexto singular. La visión de Dios es la única que redime integralmente las injusticias de los oprimidos del pasado en el presente. La insuficiencia de la letra aparece aquí, por contraste con el espíritu, en su carácter violento e injusto.
3. A pesar de acertar en la gnoseología común entre Ricardo de San Victor y Spinoza, una comprensión acabada del conocimiento de tercer género, y de toda forma de conocimiento, debería dar cuenta de la política en la que él está inmerso. No hay conocimiento que no implique una decisión teológico-política, sea por su exclusión, sea por su afirmación. Decisivo, entonces, para la comprensión de qué sea conocimiento es el discernimiento del espíritu que da lugar a un orden institucional que permite el desarrollo y legitimación de lo que es considerado conocimiento. Es así que resulta difícil congeniar a Ricardo de San Víctor con Spinoza: en el primer caso, tal conocimiento es inspirado y articulado a través de la mediación cristológica y sacramental que da lugar a una comunidad organizada; en el segundo caso, no hay más que el solitario abismo de la sola fide absolutizado, pero abismo sin paz ni porvenir al fin.
Ciertamente, Spinoza es más fielmente leído a partir de su judaísmo tal como lo expuso en el Tractatus theologico-politicus antes que desde las neutralizantes pretensiones de las almas bellas ilustradas. Allí presagio que Dios volvería a elegir a los judíos como pueblo si atravesaran la secularización y universalización estatal de manera negativa, esto es: «en términos positivos, el pacto del Sinaí significa que las tribus nómades aceptan a JHWH como su rey “para siempre y por la eternidad”; en términos negativos, quiere decir que a ningún hombre le es lícito llamarse rey de los hijos de Israel […]. Esto excluye que pueda existir una soberanía terrenal». Esta universalidad, por cuan inmanente se pretenda, sin embargo, continúa siendo negativa: se trata de la glorificación incesante del trono vacío, cuya arqueología magistralmente expuso Giorgio Agamben en Il regno e la gloria, pero a la cual le falta el decisivo capítulo spinozista.
El olvido organizado y sangriento de la crucifixión del rey de los judíos, el lógos encarnado, resuena cual paraíso perdido del momento en el que se alcanzó la paz de la mediación cristológico y, así también, su presencia brilla cual llama ardiente cada vez que se afirma el Amor en el sacrificio espiritual de la noche oscura. La tercera guerra mundial en curso signa la vejez del nuevo orden mundial, el desvanecimiento de las ilusiones ópticas de la letra desnuda, y la urgente necesidad de reelaborar la tradición de las instituciones grecocristianas, discerniendo el salto de la letra al espíritu y al trigo de la cizaña, para, eventualmente, alcanzar la paz.
